Cuando no existe un "no", la forma de deshacerse del dolor se torna sombría, 
los pasos adquieren un peso imposible y el cuerpo se vuelve prisión.
Pero ahí sigo yo, buscando el perdón del amor, pidiendo a Eros que arranque
hoy el sufrimiento que tan dulcemente entrego a este ser imperfecto. 

Imperfecto. Indigno.

No por una, sino por dos...

Una vez por haber pedido y otra por haber perdido lo concedido. 
Pero si en el perder esta el olvido, pido perder todo cuanto me ha sido concedido.
Y aunque así de traicionero sea el destino, indigno ser el que juega a eludirlo, 
pues sus sendas deparan el río del jubilo y el dolor, del amor y el terror, la vida...
y la muerte. Muerte que por tardía me castiga en la pena del recuerdo atroz.

Pero aun así la vida sigue en mi, y el aire que transita por este condenado ser,
ofrece vida y esperanza, añorando lo que un día fue. Recordando lo infinito...
las noches pensando en todo lo que carecía de odio, en la podredumbre humana
que desaparecía con cada amanecer y en amor que este corazón carente de vida 
profesaba de forma tan impía y tan digna a la vez.